Justicia

Creo que es la primera vez que hablo de mi hermano en este blog, pero lo que está ocurriendo con él me parece tan injusto que no puedo quedarme callada. Ni sé si es la mejor manera, pero al menos, que quede como un desahogo y una petición de ayuda a quien sepa o pueda darnos alguna idea.

Mi hermano tiene 7 años y síndrome de Asperger, diagnosticado tanto por sus psicólogos de la Seguridad Social como por los designados por la Junta de Castilla y León para elaborar un informe que reconociera esta situación y las medidas a tomar en el colegio en el que está cursando, en la actualidad, 2º de Primaria.

Mi hermano es una persona excepcionalmente inteligente, como la gran mayoría de los niños con este problema. Es un lector ávido, tiene un interés descomunal por aprender todo lo que le interesa… e igualmente descomunal son sus problemas de organización, atención en clase y demás tareas obligatorias.


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Henry FitzRoy

Estoy en plena lectura de la biografía de Isabel I de Inglaterra, escrita por Michel Duchein, y lo que tiene andar sumergida en el siglo XVI es que descubres una cantidad de personajes realmente interesantes. Si bien en esta biografía no tiene un papel muy importante, sí me ha resultado atrayente en otras ocasiones una de esas estrellas fugaces que tanto me gustan. Henry FitzRoy, el único bastardo reconocido de Enrique VIII.

Todos hemos oído algo sobre Enrique VIII, aunque sólo sea por ver la serie The Tudors, de dudosa fidelidad histórica, pero demos algunos datos para hacernos una idea más precisa. En la primera mitad del siglo XVI, Inglaterra vivía feliz – dentro de lo que cabe – bajo el mandato de sus reyes, Enrique Tudor y Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y cinco años mayor que su esposo, al que había fracasado en dar un hijo varón, y su única descendiente era María, la que con el paso de los años y tras su ascenso al trono, sería recordada como Bloody Mary por su sangrienta represión católica. Pero centrémonos en el rey.


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Gordon Northcott con la policía, en Wineville

Dicho así, posiblemente no os suene de nada. Pero si os hablo de la película ‘El Intercambio‘, dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Angelina Jolie, quizá empecéis a atar cabos. Como bien indican en el film, su guión está basado en una serie de hechos y personajes reales, y el que hoy nos ocupa, Gordon Stewart Northcott, es el secuestrador, violador y asesino que en él retratan.

Los crímenes de Wineville, como se conoce a la serie de asesinatos que cometió Northcott en su rancho homónimo en este pueblecito californiano, son una auténtica galería del horror que es capaz de perpetrar un hombre con posibles problemas mentales de gravedad.


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¡¡Sí!! ¡¡Hay beso!!

Y a ver si dicen si adelantan aquí también la fecha de estreno, que esto es un sinvivir…


¿Qué se te pasa por la cabeza cuando decides matar a un ser inocente, que no tiene posibilidad alguna de defenderse de algo que no sabe que le va a pasar? ¿Qué razones te das a ti mismo para convencerte de que su muerte es lo mejor, que es por el llamado bien común? ¿Y cómo vas a aguantar ver pasar por delante de tus ojos la vida que le has arrebatado, la vida que podría haber tenido, el resto de los días de la tuya?

No has obtenido las respuestas que esperabas, ni las reacciones que necesitabas, y todo se tiñe de una incoherencia abominable. Los segundos pierden su sentido, y luchas contra todos tus instintos para imponer la razón y no el sentimiento. Y sabes que hagas lo que hagas, da igual, porque te estás equivocando. Aquí no hay bien común, aquí sólo hay el menor de dos males.

Hay pocas cosas que generen tanta ansiedad y angustia como mantenerte apartado voluntariamente de la persona que amas.

Y saber que existe la posibilidad de que tengas que hacerlo el resto de los días de tu vida.

No puedo decir con mejores palabras en qué momento de mi vida me encuentro.

Esperaba que, tarde o temprano, esto sucediera. Porque no terminaba de creerme que una ruptura pudiera resultar tan amistosa, tan llena de cariño por ambas partes, a pesar de que fuera decidida de manera unilateral.

Tenía la sensación de que, algún día, se acabarían las sonrisas, los guiños, los gestos de comprensión y las palabras de consuelo. Y vaya si ha sido así. Y el motivo, o al menos la yesca que ha prendido todo este asunto, ha sido mi post anterior.


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Últimamente mi vida ha sido un torbellino de sentimientos y sensaciones contradictorias. Pena, alegría, alivio, angustia… Quizá lo único común a todos ellos ha sido la mesura con que los he experimentado. Lejos de mis arranques exacerbados, he de decir que me siento en un equilibrio bastante agradable. Parece que soy capaz, por una vez, de manejar lo que se me pasa por la cabeza en lugar de dejar que mi carácter extremista tome el control.


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Tengo muchas dos fobias bastante extrañas e incómodas. Una de ellas es el pánico a que se caigan las cosas al suelo. No puedo soportarlo. Es ver cualquier objeto inanimado en el aire, camino de estrellarse contra las baldosas, y se me para el corazón. Me sudan las manos y se me acelera el pulso como loco. Si tenemos en cuenta que soy genéticamente patosa y que mi torpeza inspirará el género épico del futuro, digamos que esta pequeña alteración es una gran putada. No me río cuando la gente se cae por la calle, para mí es un sinvivir ver a alguien tropezar, y si es alguien que conozco, directamente escupo la aorta por la boca.


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